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Written by riphsalis ipatzi   
Friday, 03 April 2009 02:44

 

El erotismo es puro y simple, no obedece  reglas o paradigmas legionarios. Este relato es una delicia, mente de Bokov en un cuerpo mexicano.

Explicito si pero que no Hubo ya  una ¿Lolita?

Lolita

 

 

ANNAÍS

Por: Alejandro ipatzi Pérez

 

Si. Ya sé que para ti el amor a primera vista no existe, pero debes creerme, me enamoré de esa preciosidad, de sus manitas suaves de uñas cortas, de sus piernas esponjositas y firmes, pero sobre todo de aquella carita redonda de labios imprecisos pero muy sugerentes de los que brotaba una voz de cristal: fina y quebradiza; voz de niña de doce años. De esas niñas que pueden acariciarte todo el bajo vientre con miradas dulces que se mutan en malicia precoz y hacen que te de un vuelco en el estómago al sentir el salto de tu pene en erección.

Pero vamos, ella también se enamoró de mí, me lo dijo muchas veces cuando durante mis sueños húmedos venía vestida de faldita tableada y playerita de tirantes a acariciar mi pecho con una lengua ágil que dejaba un rastro brilloso de saliva dulce a lo largo de mi tórax hasta donde los vellos púbicos obstruían el camino. Era entonces cuando aquella mano me demostraba que doce años son suficientes para dominar el arte de la caricia felatoria, era cuando aprendía que una mujer no debe ser mayor para no obstaculizar su curiosidad y su ansia de conocer, con recuerdos de experiencias anteriores. Además, esa firmeza de piel y esa entrega convulsiva y desesperada sólo la pueden ofrecer niñas pre- adolescentes como Annais, mi ninfa tierna, mi piel sonrosada, mi sexo libre de vellos, y de labios tensos y virginales.

¡Si! Virginales y tensos. Lo supe aquella tarde cuando la vi venir hacia mi después de hacer cabriolas con sus amigas de juegos. El brillo de su carita púrpura de la agitación y el sudor; y las líneas húmedas bajando por su cuello hacia el nacimiento de sus pequeños pechos apenas cubiertos por la blusa entreabierta. Aun no usaba sostén con regularidad y esa tarde no llevaba. ¿Sabes cuan excitante es la ambivalencia de las actitudes de una niña? Sus ojos, profundos e indiscretos se confabularon con su boca para dar su mejor expresión erótica mientras me hablaba del simple ritual de reír de los sucesos del día y del tiempo dedicado a acariciar el lomo de su gato. Casi como su aroma a niña y a sudor, a feromonas tiernas y a sexo no abierto que me envolvían en una gran caricia ardiente que se me derramó en el cuerpo haciendo despertar a mi libido y a mi pene. Ella se dio cuenta y con sonrisa juguetona quiso hacer como que caía con las manos extendidas en dirección al bulto de mi entrepierna. Yo la dejé durante un breve instante y entonces la levanté entre mis manos haciéndola montarse a horcajadas en mi pierna izquierda. Pude sentir el calor de su sexo pegándose a mi pantalón debido a la humedad que se filtraba a través de su fina braga. Y mientras esa risa clara e infantil se deshacía en pequeños piquetes sobre mi espalda, yo deslicé una mano por entre sus suaves piernas al tiempo que con la otra la sujetaba por los hombros. Quizá fuera muy grande su curiosidad por saber lo que iba a hacerle, o quizá fuera demasiada su inocencia, el caso es que me clavó una atenta mirada y sólo dio un tenue respingo al sentir mis dedos recorriendo su sexo tibio y jalando con apremio su braga hacia abajo. Para entonces ella tocaba distraídamente mi pene por encima del pantalón hasta que yo lo liberé de la presión de la tela del boxer y lo saqué por entre la bragueta abierta. En ese momento ella pareció tomar conciencia de lo que estaba por hacer y quiso levantarse girando la cabeza a ambos lados de la esquina donde yo estaba sentado. No había nadie. Yo la jalé por los hombros cuando ella casi estaba de pie y en ese movimiento cerré las piernas para hacer que ella las abriera más, quedando así por completo nuestros sexos frente a frente. Comencé a pasar mis uñas por su espalda bajo la blusa y ella se arqueaba liberando un temblor que se me metía en el cerebro como la mejor excitación que hubiera visto jamás en una mujer. Pequeños gemidos y pujiditos iban a meterse directamente a mis orejas que quedaban a pocos centímetros de sus labios; sus manos apretaban fuertemente mis sienes, mi cuello y mis hombros. Poco a poco fue cediendo al peso de mis manos sobre sus hombros y fue sentándose sobre mí. Y mi pene dolorosamente erecto cabeceaba, con mi emoción transmitida al sentir ese calor, ese roce de su suave sexo lampiño. Cada una de aquellas sensaciones la recuerdo muy bien, el lento envolver de sus calientes labios sobre mi pene, el deslizar de esa humedad sobre todo mi glande, y finalmente esa sensación de algo desgarrado dentro de ella, y la oleada que se regó por mi pubis y bajó por mi entrepierna. Pero sobre todo recuerdo una por una sus expresiones: cuando cerró los ojos y fue introduciéndose mi pene, el jadeo sofocado al sentirlo por primera vez, el sobresalto doloroso de la ruptura de su himen, la cara ruborizada en una mueca de sorpresa, y cuando apretó ojos y dientes y me clavó las uñas en el cuello, el lento escurrir de lágrimas a través de sus mejillas que yo limpié con la lengua.

Cuando ella se levantó lentamente, mi flácido pene se deslizó como a regañadientes de su pegajoso sexo recién estrenado. La braga blanca que estaba tirada a un lado sirvió para limpiar aquella mancha roja que se extendía por todo mi pubis y mis testículos. Ella se inclinó para arreglarse la falda y darme un beso en la boca. Yo la tomé de la cabeza y la obligué a besar, no mis labios, sino mi pene que seguía perdiendo su dureza aunque alcanzó para que su boca pudiera moverse sobre él un rato más.

Ahora que me la vuelvo a encontrar rodeando el cuello de ese chavito bobo te puedo decir con franqueza que realmente estuve enamorado de ella. Que aun conservo aquella braga manchada con su sangre y que sigo buscando niñas que me enseñen hasta dónde las puede llevar la curiosidad a los doce años.

 

 

Last Updated on Monday, 27 April 2009 23:24